Debería escribir.
Sé que debería escribir, pero cada vez que lo pienso, o la flojera o algún libro se me cruza por delante y no lo hago.
Hay veces que, de la pura lata, me convenzo a mi misma de que si escribo porque simplemente se me ocurrió hacerlo, estaría forzando el gran talento que sé que tengo, pero que confío, aflore solo, sin ninguna ayuda.
¿Sin ninguna ayuda?
¡Daniela! Eso no fue lo que te enseñaron.
No debo dejarme estar.
Pero, ¿qué pasa con éste tipo de cosas?
Porque es verdad que no puedo sacarme como con tirabuzones las palabras que conformarían un lindo cuento, o tal vez, una colosal novela.
Eso viene, como diría Cortázar, de la inspiración divina.
Pero, ¡cuesta tanto que venga!
Ese airecito de éxito, a mi forma de ver, y sólo aplicable a este ámbito en particular, no se puede salir a buscar.
Podría, tal vez, dar una vuelta por una linda playa, o pasar un domingo en un fabuloso campo con volcanes y lagos, pero, al final del día, llegaré a mi escritorio, si no es con nada, con algún tema burdo y cliché, tal como son las formas de autoinducirse la inspiración que acabo de mencionar.
Y así puedo… no, he estado tardes y noches enteras pensando y perdiendo el tiempo en pensamientos tan inútiles como aquellos.
Hasta que, esta noche, acostada en una cama que no es la mía, una cama sucia y helada, con lluvia y viento golpeando la ventana, sola y escuchando bosanova, fue que decidí dejar de perder el tiempo, que es tan precioso, y de lo que sólo algunas veces me doy cuenta, y empezar a disparar por la yema de los dedos las palabras de mis pensamientos, por poco rescatables que sean.
Así, no me sentiré, por lo menos por un tiempo, como si no estuviera aprovechando la gran oportunidad que tengo.
La oportunidad de escribir pues, de escribir bien y bonito.
Porque, claro que escribo bien y bonito, me falta la confianza y un buen tema, o sólo la significación del tema.
Podría ser hasta de la famosa pero nunca bien ponderada inmortalidad del cangrejo, siempre y cuando se le de una connotación diferente y, por supuesto, interesante.
Siempre que me preguntan por qué no escribo más seguido, respondo que es porque no me gusta escribir bajo presión, pero tal vez es justo lo que necesito.
Cuando he tenido que escribir los aburridísimos textos para la clase, por más tedioso que sea el tópico a desarrollar, el resultado siempre ha terminado siendo un éxito, sólo que no de mi completo gusto, bueno, de mi medio gusto tampoco, estaríamos hablando de una cuarta parte de mi gusto, y esa parte sería la de la ortografía.
Por lo que, y como conclusión, la solución vendría siendo la de tener que escribir bajo presión y sobre un tema de mi agrado.
Y, afortunadamente, no es tan difícil.
Con esto, claro, no ganaré nada más que disciplina, pensando siempre, en la, llamémosla, propina, pero a estas alturas, o mejor dicho, a estas bajuras, ya que recién estoy empezando, es bastante buena la forma de remuneración, que, por otra parte, me la hago yo misma, y por lo mismo, aún más gratificante y valioso.
Entonces, me buscaré un tema y, y…
El tema del tema.
Eso me faltaba.
Claro, no podía ser tan fácil, pretendía imponerme un plazo para terminar algún cuentito de alguna extensión mínima de aquí a un mes, como todos los escritores lo hacen, y, como toda primeriza, pensé que lo tenía todo solucionado.
Pues no.
La materia es la que falta.
Bueno, y yo que creía que escribiendo mis divagaciones de martes por la noche iba a solucionar mis problemas de escritora frustrada, más bien, de escritora floja.
Pero no me rendiré. Y si es necesario, seré burda y cliché y saldré a buscar un tema a orillas de un lago, o en las faldas de un volcán, al que, estoy segura, le rogaré a gritos, al anochecer, que me escupa un temita para mis hojas blancas y vacías.
Pero no debo caer en la desesperación.
Debo tranquilizarme y aceptar que no seré una eminencia sin un pasado al más puro estilo Corín Tellado.
Todos caemos en lo mismo, todos los escritores tropezamos con las suaves y blandas redes de la simpleza torpe e inculta, tan fácil y siempre al alcance de la mano.
Pero no es ningún pecado.
Más bien se ha convertido, se podría decir, en una tradición, y luego, cuando brillan y destacan, ocultan el pasado oscuro, o lo muestran a viva voz, o más bien, a viva tinta, y admirablemente se ríen de ellos mismos.
Eso es lo otro.
La gente admirable.
Los hombres admirables, los hombres más que nada.
Sí, quiero conocer a un hombre admirable que me reencante con la vida, me enamore y me de suficientes motivos y anécdotas como para hacer de él un personaje, para dejar atrás su condición de persona y se convierta en un inmortal a través de mis palabras que podrían llegar a ser imborrables.
Pero ese tema ya es para otro día.
Ya es muy tarde y, y…
¡El tema!
¡Ya tengo un tema!
Sí me sirvió dejar de revolotear dentro de mis pensamientos y finalmente hacerlos tangibles y leíbles.
Buena fórmula, ¿no?